Caminar por la orilla, agradeciendo la fresca caricia del mar que envuelve mis pies, y la de la brisa que alcanza a embriagarme, con el más voluble aroma de la bajamar. Disfrutar de las grandiosidades con las que me siento gratificado por la madre naturaleza, y a las que yo gustosamente me abandono, dando rienda suelta a todos y cada uno de mis sentidos, como queriendo aprovecharme de la inagotable fuente de riqueza que me rodea.
Ante mis ojos, y hacia el lado en el que la playa desaparece bajo las cristalinas aguas; una extensa llanura de arena, se hace acompañar por el Atlántico, que insistentemente acaricia todo el litoral, fundiéndose en un eterno beso con las murallas del campo del sur, para terminar jugueteando con las rocas de la Caleta.
Del otro lado, aquel en el que la arena ha sido violentada por la mano del hombre; acoge en su regazo a las murallas de la ciudad. Murallas bicentenarias, cuyas piedras han sido defensa y escudo en su época y ha día de hoy, continúan siendo testigo de una ciudad trimilenaria. A partir de ese emblemático rincón, un paseo marítimo que discurre abrazado a la arena de la playa y escoltado por una larga hilera de edificios, entre los que notoriamente sobresalen: La Cárcel Real, la recogida y esbelta imagen de la Catedral, y en la lejanía, la bella y recortada silueta del intrépido e imperecedero castillo de San Sebastián, responsable de enarbolar como fiel guardián, la antorcha con la que dar aviso a los navegantes.
En definitiva, un incomparable e inmejorable marco con todos los ingredientes necesarios para recrear la vista del más exigente de los mortales.
Andrés Rubido García
Ante mis ojos, y hacia el lado en el que la playa desaparece bajo las cristalinas aguas; una extensa llanura de arena, se hace acompañar por el Atlántico, que insistentemente acaricia todo el litoral, fundiéndose en un eterno beso con las murallas del campo del sur, para terminar jugueteando con las rocas de la Caleta.
Del otro lado, aquel en el que la arena ha sido violentada por la mano del hombre; acoge en su regazo a las murallas de la ciudad. Murallas bicentenarias, cuyas piedras han sido defensa y escudo en su época y ha día de hoy, continúan siendo testigo de una ciudad trimilenaria. A partir de ese emblemático rincón, un paseo marítimo que discurre abrazado a la arena de la playa y escoltado por una larga hilera de edificios, entre los que notoriamente sobresalen: La Cárcel Real, la recogida y esbelta imagen de la Catedral, y en la lejanía, la bella y recortada silueta del intrépido e imperecedero castillo de San Sebastián, responsable de enarbolar como fiel guardián, la antorcha con la que dar aviso a los navegantes.
En definitiva, un incomparable e inmejorable marco con todos los ingredientes necesarios para recrear la vista del más exigente de los mortales.
Andrés Rubido García

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