martes, 27 de julio de 2010

Cádiz y punto.

Caminar por la orilla, agradeciendo la fresca caricia del mar que envuelve mis pies, y la de la brisa que alcanza a embriagarme, con el más voluble aroma de la bajamar. Disfrutar de las grandiosidades con las que me siento gratificado por la madre naturaleza, y a las que yo gustosamente me abandono, dando rienda suelta a todos y cada uno de mis sentidos, como queriendo aprovecharme de la inagotable fuente de riqueza que me rodea.

Ante mis ojos, y hacia el lado en el que la playa desaparece bajo las cristalinas aguas; una extensa llanura de arena, se hace acompañar por el Atlántico, que insistentemente acaricia todo el litoral, fundiéndose en un eterno beso con las murallas del campo del sur, para terminar jugueteando con las rocas de la Caleta.

Del otro lado, aquel en el que la arena ha sido violentada por la mano del hombre; acoge en su regazo a las murallas de la ciudad. Murallas bicentenarias, cuyas piedras han sido defensa y escudo en su época y ha día de hoy, continúan siendo testigo de una ciudad trimilenaria. A partir de ese emblemático rincón, un paseo marítimo que discurre abrazado a la arena de la playa y escoltado por una larga hilera de edificios, entre los que notoriamente sobresalen: La Cárcel Real, la recogida y esbelta imagen de la Catedral, y en la lejanía, la bella y recortada silueta del intrépido e imperecedero castillo de San Sebastián, responsable de enarbolar como fiel guardián, la antorcha con la que dar aviso a los navegantes.

En definitiva, un incomparable e inmejorable marco con todos los ingredientes necesarios para recrear la vista del más exigente de los mortales.

Andrés Rubido García

sábado, 24 de julio de 2010

Un Puente hacia el Bicentenario

Señor Blanco, ojalá el futuro de mi querida ciudad de Cádiz, fuese tan claro como el color que denota su apellido, y tan brillante, como la luz que ilumina la Tacita de Plata. Pero lamentablemente y ha día de hoy, son tantas las vaguedades y rectificaciones hechas sobre la marcha por su Equipo de Gobierno, y tan desbordante el abuso y utilización de la demagogia por su parte, que no me cabe otra alternativa, que la de seguir apostando por "La Teo", tal como yo, con todos mis respetos hacia ella, cito a nuestra querida Alcaldesa.

Solo me falta conocer esa fecha, en la que muy gustosamente, al lado de todas y todos mis paisanos, podamos llevar a cabo esa importante movilización; mediante la cual y de una vez por todas, podamos decir alto y claro: ¡BASTA YA! Entre otras cosas, porque no siempre ha de ser Cádiz, la gran olvidada y desmerecedora de las buenas oportunidades. Porque ya va siendo hora de cambiar nuestra mala suerte. Una mala suerte, propiciada en muchas ocasiones por nuestra pasividad. Porque Cádiz, además de carnaval, también necesita del apoyo de esa España a la que pertenecemos, y por supuesto, de todos nosotros, que sin dejar de ser gaditanos, también somos españoles.

Hora es, de que comencemos a pensar seriamente en los intereses de nuestra Ciudad, que son por así decirlo, nuestros intereses. Pongámonos de acuerdo y de una vez por todas, unamos nuestras inquietudes y manifestémoslas al unísono. Hagámoslo por nuestra ciudad, y como no, para exigir que el puente de La Pepa, sea una realidad en el Bicentenario.

Andrés Rubido García

lunes, 12 de julio de 2010

La Justicia también se viste con La Roja

El día después, me ha servido para terminar de creerme, la más grande gesta de nuestra Selección. Una proeza que yo calificaría como grandiosa, y casi inalcanzable. Grandiosa por tratarse de una gesta perseguida por muchos países y disfrutada por tan solo unos pocos. Inalcanzable, como consecuencia de la actitud incomprensible de un "colegiado", que a mi particularmente, se me antoja como el más "incompetente". Calificativo con el que pretendo evitar de esta guisa, utilizar apelativos más certeros. Algo que creo dejaría al descubierto, el sentir de la mayoría de los españoles, ante la actitud de semejante e insolente colegiado.

Nuestra selección, compuesta por un excelente grupo y conducido sabiamente por un profesional entrenador; sabían de antemano que se enfrentaban a una difícil tarea. En sus mentes, contemplaban e imaginaban la posibilidad, de culminar con éxito una meta durante tantos años perseguida. Al fin y al cabo, difícil pero no imposible.

Sufrimos las consecuencias de un mal comienzo, algo que dio lugar a un sin fin de conjeturas entre aficionados, periodistas y algún que otro profesional del deporte rey. Sin embargo, a medida que nos enfrentábamos a un nuevo rival; La Roja iba dejando constancia de su madurado y concienciado progreso. Su magistral juego limpio y la seguridad en sus toques de balón, nos empujaban a creer más en ellos, y por supuesto, a gritar con más fuerza y seguridad nuestro más aireado ¡¡Podemos!! Estábamos dejando de soñar, para comenzar a creer en la cada vez más cercana posibilidad, de nuestro más añorado deseo.

Habían sido capaces, lo habían conseguido con su esfuerzo, con esa casta que nos caracteriza a los españoles. Tan solo nos separaba de nuestro perseguido sueño, un encuentro con la selección Holandesa. Lo que no podíamos imaginar, era la respuesta por parte de algunos de sus jugadores, ante la imposibilidad de frenar el estilo de juego de La Roja. Unos quince primeros minutos, en los que La Roja les hizo sentirse inferiores. Fue toda una demostración de clase, dominio, limpieza y seguridad; en otras palabras: Un sistema de juego, que en los pies de La Roja había comenzado a imponer respeto a todos nuestros rivales.

El juego sucio, hizo su aparición de la mano de algunos jugadores holandeses, que amparándose en la incomprensible, descarada e indiferente actitud del arbitro; llego a alcanzar niveles de verdadera agresividad. Un juego que tan solo sirvió, para dejar constancia de la incapacidad de dicha selección y que se mantuvo a todo lo largo de los 120 minutos que duro el encuentro.

Faltaban apenas unos minutos cuando se produjo el ansiado momento. Después de haber gritado una y otra vez ante la pantalla del televisor, los más vejatorios y despectivos improperios sobre la ralea de semejante indeseable; llego el maravilloso gol, un gol con sabor a Iniesta, un gol que al igual que muchos millones de españoles, grite y vitoreé hasta la saciedad. Un grito nacido de la impotencia acumulada y sobre todo, del maravilloso hecho de poder ver, como la justicia se alzaba triunfante y victoriosa. Una justicia que se ha vestido con La Roja, entremezclándose con un puñado de españoles, que han conseguido estampar sus nombres en la historia de España y nunca mejor dicho del mundo.


Andrés Rubido García

sábado, 3 de julio de 2010

Criticar, por criticar

Pertenecemos a una especie, que a pesar de auto-calificarnos como humanos, pululan "personas" capaces de criticar sin conocimiento de causa, de sacrificar y matar, aunque para ello tengan que olvidar cegados por su egoísmo, por la envidia, o lo que es aún peor, por el odio nacido de lo más ruin de las entrañas; de nuestra condición de ser humano.

A veces me pregunto: ¿Somos tantas las personas que abusamos, hasta el punto de hacer realidad, el popular dicho de: "ver en ojo ajeno la más insignificante esquirla, y por el contrario, no ser capaces de ver la viga en el nuestro?

Creo que generalizamos a nuestro antojo, y medimos a la ligera con el rasero que más nos convenga, dependiendo de la circunstancia del momento. Una mala costumbre que se podría evitar, si fuésemos capaces de admitir, la necesidad de mejorar en nuestras relaciones, en nuestros precarios comportamientos; de los que en muchas ocasiones abusamos en demasía, anteponiendo por sistema y lamentable costumbre, el eterno "Yo"

Somos dados a dejarnos llevar con suma facilidad, por nuestros sentimientos, que alentados por el morbo, llegamos a abrigar conductas equivocadas, de las que más tarde y en silencio, nos arrepentimos.

Si bien es verdad, que desde nuestra más corta edad, sentimos un enorme deseo de imitar las acciones de nuestros mayores; no estaría nada mal, que comenzásemos a plantearnos la posibilidad de aprovechar nuestra aletargada capacidad de escuchar, complementándola, con la nada despreciable habilidad de pensar detenidamente; para en lo sucesivo, evitar prejuzgar a la ligera.

Andrés Rubido García