domingo, 9 de mayo de 2010

...pero no pasa nada

Aquella primera vez, apenas le sirvió para humedecer sus labios. Había comenzado al igual que todos, como uno más en aquella desenfrenada carrera, sin rumbo ni destino. Como cada viernes, una firme idea martilleaba en su joven cerebro quinceañero: ponerse a tope. Luego, como cada sábado, con las primeras luces del alba, volvía sobre sus pasos en busca del dulce hogar. Un regreso sobre una alfombra de vidrios rotos, bolsas de plástico, y alguna que otra vomitera, de las que también él podía dar cuenta por su aportación. Un retornar con pasos vacilantes e imprecisos, cabizbajo y zigzagueando, con la mirada perdida y balbuceando incoherencias.

Entre tanto, con los brazos apoyados en el pretil de la ventana, la frente pegada en el cristal y la ansiedad reflejada en aquel rostro de ojos llorosos, le esperaba su madre. Una madre esclava de la angustia y la impotencia, que al igual que en sábados anteriores, volvería a recriminarle sobre su conducta. Albergaba la esperanza de que un día pudiese llegar a entender el daño que se hacía a sí mismo. Una recriminación que al igual que siempre, caería en saco roto, que al igual que siempre, se vería obligada a soportar, la total negatividad y rechazo por parte de aquel hijo que se le perdía.

Entre tragos se diluyo su adolescencia, para dar paso a un adulto solitario y esclavo de su mayor equivocación. Eran tragos, que si bien en un principio comenzó como un juego, como una apuesta entre sus compañeros, presumiendo de quien aguantaba más, o de quien la cogía más gorda. Ahora, eran obligados, de necesidad...Eran los tragos que necesitaba, para combatir la soledad en la que se veía inmerso. Aquellos en los que buscaba la fuerza y el valor para poder combatir su sentimiento de culpabilidad y sus miedos. Un enmascaramiento que había descubierto al principio de aquella alocada carrera, como una fórmula mágica que le ayudase a combatir su timidez y, a la que hoy se le sumaba una cada vez más acusada dependencia. Tragos de muerte, que de manera vaga le hacían "pensar" como lentamente se estaba quemando la vida.

En sus breves momentos de lucidez, añoraba el recuerdo de aquel tímido adolescente, lleno de salud y querido por todos los que le rodeaban. Lo hacía invadido por los sentimientos de culpa, odiando al adulto rechazado, solitario y abandonado, cargado de problemas, incertidumbres y remordimientos. Un adulto que en sus años de adolescente, había equivocado el camino. Un camino, en el que trago a trago, había aprendido a morir de la forma más inhumana.

Hoy, después de haber emigrado, huyendo de aquellos que le conocen, de aquellos que le insultan, de aquellos que no le comprenden, de los que le enseñaron a beber y hoy le critican; "subsiste" a duras penas, entre alguna que otra limosna, algún que otro trago rebuscado con sus temblorosas manos entre los desperdicios. Tragos que le ayuden a soportar, las repetidas y constantes vivencias de sus miedos y las dudas del despertar a un nuevo día; mientras, trata de conciliar el sueño, combatiendo la fría humedad que le apuñala, entre cartones que utiliza como saco de dormir.

Andrés Rubido García

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