domingo, 14 de febrero de 2010

El disfraz del carnaval

Recuerdo de mi niñez, las calles alfombradas por los papelillos y serpentinas, que entre unos y otros nos arrojábamos, a los sones de un alegre y sin fin de coplas y estribillos, propio del bullicioso ambiente carnavalero. Un ambiente que contagia al que lo vive, y que al gaditano impregna desde el mismo momento en que nace, y acostumbra a dormirse entre los sones de pasodobles y tanguillos, que brotan de los labios de una madre. Era y continua siendo, el imborrable sello que el gaditano hace suyo hasta morir. Es por así decirlo, la dedicación personificada en cuerpo y alma, sin principio ni final. Es el sueño que se repite cada año ,en ese bendito mes de febrero; cuya magia es capaz de mantener despierto, durante todos y cada uno de los días del año, el arte del que todo hijo nacido gaditano, con sentimiento carnavalero, es poseedor. Es el mismo que llegado ese momento, necesita dedicarlo por entero, al te quiero de una madre, al piropo a la mujer gaditana, a su Caleta, a su barrio, a Cádiz, y... puestos a soñar; desde las tablas del escenario de nuestra gran casa de ladrillos coloraos.

Una historia de colorido, disfraces y coplas; cuyo origen, posiblemente se pierda en la antigüedad de los tiempos. Un carnaval, en el que figuras tan gaditanas y de merecido renombre ,como fueron y continúan siendo recordados, nombres como: Antonio Rodríguez Martín "El tío la tiza" y Manuel López "Cañamaque"; han sido y son considerados verdaderos artífices.

Gaditanos de pura cepa, y preocupados de que algo tan típico y arraigado en este Cádiz cuna del carnaval, perdurase a través de los años. Antepasados que gustaban de disfrazarse y participar en sus agrupaciones. Autores y agrupaciones que dejaron huella por el éxito obtenido y que ha día de hoy continúan en nuestro recuerdo, gracias a las actuales agrupaciones, preocupadas siempre de hacerles un sitio entre sus coplas, como una condición más del respeto y admiración, que después de tantos años les continúa brindando su ciudad.

Al hablar de personas tan importantes y queridas, es obligado hacer mención de los que hicieron posible, que aquel carnaval prohibido a raíz de la guerra civil, empezase a hacerse nuevamente realidad. Un carnaval latente en el sentir del pueblo gaditano y necesario rescatar; aunque para ello tuviesen que disfrazarlo como así ocurrió, con el apelativo de "Fiestas Típicas Gaditanas". Nombres como: José Macías Retes, Joaquín Fernández Garaboa y la ayuda imprescindible del entonces Gobernador Provincial, D. Carlos María Rodríguez de Valcárcel; que hicieron posible, apoyándose en el dolor que, que por aquellas fechas invadía al pueblo gaditano, como consecuencia de la reciente y nefasta tragedia de la explosión de 1947; la petición al gobierno de la época, para que permitiese ante la necesidad de un estimulo que ayudase a levantar el ánimo a todo un pueblo. Retomar con ciertas privacidades la participación de las agrupaciones.

Así nacieron, como bien apuntaba anteriormente las "Fiestas Típicas Gaditanas". Un carnaval disfrazado, que poco a poco fue fraguándose su regreso, hasta llegar a lo que siempre el pueblo deseó, el carnaval de febrero.

Hoy seguimos "disfrutando del carnaval", y lo hago constar entre comillas, por tratarse de un carnaval que a pasos agigantados, se está convirtiendo, en uno de los más grandes macro botellones que podamos imaginar; algo que se percibe en el malestar de muchísimos gaditanos.

Las calles ya no lucen, la típica alfombra de papelillos y serpentinas. Esta alfombra se ve hoy embadurnada y empapada con la cerveza y manzanilla derramada, las botellas vacías, los vómitos y el inconfundible y nauseabundo olor a orina, que invade cada una de las esquinas y entradas de los edificios, parques y jardines.

Al carnaval, le ha salido más que una aliada, una detestable enemiga, a la que bien podíamos bautizar como "Bacanal". Es tal la confusión a la que nos lleva hoy esta mezcla de carnaval-bacanal, que sería hasta lógico empezar a pensar en una nueva pareja que le hiciese compañía al "dios Momo", y a su vez, fuese la representación, de la verdadera razón que mueve y persigue ese desenfrenado grupo de personas, incapaz de imaginar la fiesta sin atiborrarse de alcohol. Tal como están las cosas, se me ocurre de manera lastimosa y apesadumbrada, que nada mejor que la figura del "dios Baco"

Andrés Rubido García

domingo, 7 de febrero de 2010

Apología del sentimiento humano


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Después de tan dramática y al parecer interminable escalada de sucesos, y la consabida respuesta por parte de algunos sectores sociales; grupos de personas en definitiva, que mostrándose tremendamente doloridas por tan horrendos crímenes; llegan a sentir de manera compulsiva, el deseo de querer restablecer la pena de muerte. Ante estos aislados acontecimientos, y sintiéndome también afectado por los recientes hechos, he sentido la necesidad como persona que también me considero, de pronunciarme, sobre tan grave proliferación; y sobre todo, en estos tiempos que corren, de inseguridad ciudadana, de intolerancia, de desamor, etc.

 Les hablo de ingredientes que combinados, dan como resultado un fatídico caldo de cultivo, y del cual a su vez, pueden surgir derivados nada prometedores, como el deseo de tomarnos la venganza por nuestra propia mano, hasta llegar al peligroso y alentado deseo de linchamiento. Todo ello, sin detenernos a pensar en la equivocación cometida, a la hora de prejuzgar a la ligera, sin más base ni fundamento que un pequeño rumor escuchado de boca de no sé quién. Es como si estuviésemos esperando que saltase la chispa, para ayudar a avivar el fuego.

Llenos están últimamente nuestros oídos, de frases, que solo el hecho de pronunciarlas, hace sentirse culpable a cualquier ser humano que se digne de considerarse persona.

Por otra parte ¿Quien es, aquel bien o mal nacido, con autoridad o sin ella, para segar la vida de un semejante, culpable o no de delito? Hora es ya de hacer desaparecer de nuestro vocabulario, frases tan arcaicas como aterradoras, resultantes de acalorados momentos y únicamente contempladas por las no menos arcaicas leyes, como recoge la denominada Ley del Talión “ojo por ojo”. Leyes incompatibles con cualquier tipo de democracia. 

¿Tan ciegos estamos? ¿Tan grande es la intolerancia y el odio que nos corroe, que no nos permite ver nuestra equivocada actitud, cuando exigimos la restauración de algo, que tanto nos ha costado abolir, como es el caso de la pena de muerte?

Creo entender y de hecho así lo entiendo, que es prudentemente admisible, que de forma aislada aparezcan en un momento de dolor, deseos que en nuestro sano juicio y con la “mente fría”, nos resultaría difícil de contemplar. Sin embargo, desde nuestra más juiciosa conciencia, debemos hacer prevalecer, razonamientos que a pesar de nuestro dolor, nos permitan encontrar salidas, lo más humanamente democráticas posibles y correctas. Salidas y razonamientos que nos impidan llegar a adoptar soluciones tremendamente equivocadas y que solo pueden ser propias de las mentes enfermas y retorcidas de los delincuentes.

Lo humanamente valioso, sería que las voces de esta escarmentada sociedad, se fundiesen en una sola, y a partir de ese instante, le exigiese a los responsables y encargados de velar por el buen funcionamiento de nuestras leyes. A los únicos que tienen el poder y privilegio de la importante misión de modificarlas; una posible y necesaria reforma en aquellos artículos que a día de hoy, tan solo sirven para favorecer y fomentar, la delincuencia, cuyo inicio se prolonga en un gran número de casos con la consabida reincidencia. 

Que endurezcan si fuesen necesarias, sanciones, castigos o penas a cumplir, por aquellos que hacen oídos sordos de dichas leyes, prefiriendo vivir al margen de las mismas, y pasándose por el forro, los deberes y derechos que son en definitiva las normas a cumplir por todo ciudadano. 

Que dichos doctores de leyes, se preocupen y estudien en colaboración con técnicos profesionales en el campo de la psicología o de la psiquiatría, y compartan sus estudios hasta conseguir unas nuevas normas o leyes, capaces de hacerles entender a nuestros jóvenes menores, que les ha llegado la hora de tomarse un poco más en serio, esa nueva ley. Una ley, que además de ampararles y protegerles, les exija de forma clara y contundente sus obligaciones y deberes para con sus semejantes, haciéndoles sentirse un tanto más responsables y conscientes para con sus mayores. Pues de seguir así…solo Dios sabe el alcance de tan tremendo problema.

En definitiva, que le den un gran repaso a ese libro de petete, en el que se recogen dichas leyes, hasta conseguir poner en orden, lo que ha día de hoy no deja de ser más que la razón, de un gran cumulo de quejas, de contrariedades, de desacuerdos, de falta de autoridad. Detalles que solo sirven para desembocar, en un país en el que la falta de civismo y educación está contagiando a los que ya hemos dejado de ser menores hace muchos años. Aún así, y llegados a este extremo, nunca perdamos la entereza que como personas adultas debemos mantener, incluso a pesar del dolor; ni tampoco los estribos poniéndonos a la altura de dichos delincuentes. Algo, que tan solo nos serviría en más de una ocasión, para mancharnos, aunque solo sea desde nuestros ofuscados y erróneos deseos, las manos de sangre. Y quien sabe, si al final nos desvelan que aquel, para el que tanto exigimos se cumpliese la pena, resultase ser inocente. Un inocente hallado culpable, por el mero hecho de encontrarse en el sitio equivocado, a la hora equivocada y en el justo y trágico momento de ese fatídico día.

Andrés Rubido García