viernes, 24 de agosto de 2012

José



Con el comienzo del otoño, le recuerdo metido en el mar, a veces hasta la cintura, con aquella especie de rastrillo, cuya pala de forma triangular y forrada de red, terminaba en un mango de palo largo. Podía transcurrir bastante tiempo, rastreando el fondo de la playa a la búsqueda de un puñado de berberechos. Siempre embutido en aquellas ropas de agua de color amarillo, y cuyo gorro o sueste, completaban aquel traje, con el que combatir las inclemencias del tiempo y como no, mitigar en lo posible las bajas temperaturas, mientras buscaba con ahínco en los arenosos fondos de la orilla de la concha; aquel puñado de berberechos, con los que poder llevar a su casa el aporte necesario para el sustento de su familia.

En su rostro bonachón, curtido por el paso del tiempo y cubierto de acusadas arrugas, se podía definir la rudeza de su trabajosa vida. Una vida ambientada en una época difícil y en la que buscarse unas pesetas para poder subsistir mínimamente, era toda una proeza. 

El fue, una persona sobradamente conocida, apreciada y querida por el pueblo. Un pueblo que disfrutaba de su graciosa compañía, y cómo no, ocurrencias que en algún que otro momento, surgían como fruto de algún que otro trago, en el que a pesar de su rudeza, solía refugiar sus más guardados sentimientos. Emociones que en su fuero más interno, rayaban con el muro de las angustias, y cuyo dolor solía mitigar con dicho néctar.

Son muchas las imágenes que me llegan con cada lata de berberechos comprada en cualquier supermercado. Berberechos que a pesar de no ser capturados en la concha, vienen a recordarme pasajes de aquella época, entre los que contemplo su imagen, con la misma nitidez y cariño con el que esbozo este recuerdo.  

Andrés Rubido García

lunes, 13 de agosto de 2012

Papaíto


Con la luz de los últimos rayos del Sol, ayudaba a mi abuelo a recoger las sardinas lañadas, que horas antes habíamos tendido sobre aquellas parihuelas. Su olor a pescado salado y curado, lo recuerdo hoy, como algo que formó parte del entorno de mi niñez.

Mi abuelo Emilio, conocido en el pueblo por el apelativo “de Vares” fue un hombre que a pesar de su rectitud, solía guardar una sonrisa para ayudar a soportar los momentos difíciles. Le recuerdo haciendo aquellas parihuelas, para cuya construcción, había encargado unas maderas para formar el marco de las mismas y luego forrarlas con red de tarrafa. Lo recuerdo, porque fui por así decirlo, su ayudante, su colaborador. Era un hombre muy poco dado a mostrar o exteriorizar su lado más afectuoso, humano o sentimental; pero siempre encontró la ocasión para sus carantoñas, que aunque esporádicas, eran de lo más sinceras y cariñosas. Quizá por ello, disfrutaba ayudándole en todos los trabajos que desempeñaba.

Junto a él, aprendí a construir y reparar las cajas para el pescado; así como la preparación del mismo. Tareas como descabezar, salar, lañar y empacar, así como preparar y poner a punto una salmuera, entre otros trabajos a desempeñar; fueron todos y cada una de ellos, lecciones que junto a él, repetí hasta la saciedad. Eran labores en las que siempre entendí de la necesidad de una ayuda, de mi ayuda. Una servicio, que si bien en un principio no se notaba, por mi falta de preparación, después con la practica me lo terminaban agradeciendo, con sus muestras de cariño. Siempre me esforcé por estar presente, a pesar de que tanto él como mi abuela María Vicenta, me mandaban a dormir. Pero lo hacían, viendo en mí al niño, más que a la persona que les podía ayudar.

Paralelamente al escolar que había junto al lavadero, y al que acudía de lunes a sábado, había otra escuela en la que comenzó a fraguarse mi aprendizaje relacionado  con la industria del mar. Todo comenzó con el diseño de aquel pequeño almacén de La Laguna, y que poco antes de terminarse la nueva casa, mi abuelo diseñó sobre un papel de estraza, para darle a conocer a Misael el constructor, la idea de lo que el tenia en su mente.

A unos cinco metros  de la casa en la que vivíamos, aquel futuro almacén comenzó a tomar forma. Una construcción de ladrillo, cuya nave se dividiría interiormente por una mediana que separase la parte izquierda destinada a la cría de animales; de la parte de la derecha, en la que se construirían dos piletas grandes para lavar el pescado, dejando espacio suficiente para la elaboración y almacenamiento del mismo.

Aquel pequeño almacén, fue y jugó en aquella época, un papel importante en nuestras vidas. Era por así decirlo, la principal razón de nuestro sustento, o lo que es igual, un suplemento sobre el pequeño salario que mi abuelo percibía del trabajo que realizaba como comprador de pescados para una empresa coruñesa destinada a la comercialización del mismo, y denominada “Ramón González”. En aquella empresa, también le ayude a transportar el pescado que compraba, hasta un almacén que habían alquilado y el cual, se hallaba ubicado entre la casa del Canelo y la Carpintería de ribera. Dicho almacén disponía de un pozo en su interior, el cual facilitaba el abastecimiento de agua, para el lavado del pescado ; además de una nevera que se construyó para la conservación del mismo.

De aquella, nuestra pequeña edificación en la que se criaron las primeras gallinas, los primeros pollitos y cerdos. De donde partieron para la feria de la mano de mi abuela, las primeras cajas de sardinas saladas y lañadas, cargadas en el coche de Pepe o Valentín Miranda. Donde trabajar el pescado a altas horas de la noche, se traducía en llevar la luz con una alargadera que enchufábamos en la casa. De quitar muchos cubos de agua del pozo para lavarlo y para hacer la salmuera. Detalles que me vienen a rememorar los grandes sacrificios por los que tenían que pasar aquellos mis queridos viejos, para poder al menos, vivir decentemente. Eran aquellos tiempos difíciles, en los que aquel viejo, era capaz de arrancarnos una sonrisa, con el único fin de animarnos a seguir, a no tirar nunca la toalla. Es por ello, por lo que hoy Señor Vares, le vengo a recordar la deuda que nos mantiene unidos, a pesar de su ausencia física, pues a decir verdad, nunca te fuiste de mi lado papaíto. 

Andrés Rubido García