viernes, 21 de mayo de 2010

Sencillamente por Amor

Recuerdo aquella primera vez en la que mis ojos se posaron en ti, en la que mi mente inmortalizó tu imagen para no volver a olvidarla. Desde entonces, muchos han sido los buenos y malos momentos compartidos; aún así, han sido tantos los buenos, que los malos prefiero dejarlos en el baúl del olvido. Entre otras cosas, por tratarse de circunstancias ajenas a nuestra voluntad. No puedo presumir de ser la pareja perfecta. Pero si puedo sentirme afortunado de haberte llevado al altar.

Hoy, al cabo de los años, entre risas y lágrimas, capeando el temporal en medio de ese mar de incertidumbres, que se extiende a lo largo y ancho de esta vida, por el que nos vemos obligados a continuar remando; tan solo siento celos y envidia, de no haber sido la soledad que te rodeaba en mis largos periodos de ausencia. Largos e interminables periodos, en los que mutuamente nos decíamos y repetíamos en silencio, todo el amor que nos teníamos. Y es aquí, en estas circunstancias vividas, en las que no puedo compartir el dicho de: "La distancia es el olvido". Cuanto mayor era la distancia y el transcurrir del tiempo, mayor era mi deseo por verte, abrazarte, y mucho mayor el tiempo, que mi mente dedicaba a mantener viva tu imagen, como un fiel compromiso de aquella primera vez que te vi.

Muchas han sido las veces en mi adolescencia, en las que me he preguntado: ¿Que hay de cierto sobre el amor?, ¿Que sentimientos son los que lo definen?, etc. De todas esas preguntas sin respuesta, tan solo puedo dar luz a mis propios sentimientos, expresando esos momentos compartidos contigo, en los que mi corazón multiplicaba sus latidos y una agradable e inexplicable sensación me invadía, cuando al final de cada uno de aquellos largos periodos, alcanzaba a abrazarte entre mis brazos y susurrarte al oído entre beso y beso "Te amo"

Nada que ver con un día ni con un momento, quizá porque no existe el día ni el momento señalado. Tanto es así, que podía esperar ese día, esa fecha más o menos señalada para decírtelo. Como ves, a tan solo diez días de tu próximo cumpleaños, quiero que sepas que mi amor por ti sigue vivo, y te lo digo ahora, porque es de la única forma que puedo calmar mi sed de amor, porque no puedo esperar diez días, porque en esos diez días serán innumerables las veces que te lo volveré a decir. Porque es un amor que se alimenta y crece por cada día que pasa, por cada momento, por cada mañana en la que me despierto a tu lado y la vida me sonríe permitiéndome como premio a mi constante amor por ti, besarte en cada amanecer.

Andrés Rubido García

domingo, 9 de mayo de 2010

...pero no pasa nada

Aquella primera vez, apenas le sirvió para humedecer sus labios. Había comenzado al igual que todos, como uno más en aquella desenfrenada carrera, sin rumbo ni destino. Como cada viernes, una firme idea martilleaba en su joven cerebro quinceañero: ponerse a tope. Luego, como cada sábado, con las primeras luces del alba, volvía sobre sus pasos en busca del dulce hogar. Un regreso sobre una alfombra de vidrios rotos, bolsas de plástico, y alguna que otra vomitera, de las que también él podía dar cuenta por su aportación. Un retornar con pasos vacilantes e imprecisos, cabizbajo y zigzagueando, con la mirada perdida y balbuceando incoherencias.

Entre tanto, con los brazos apoyados en el pretil de la ventana, la frente pegada en el cristal y la ansiedad reflejada en aquel rostro de ojos llorosos, le esperaba su madre. Una madre esclava de la angustia y la impotencia, que al igual que en sábados anteriores, volvería a recriminarle sobre su conducta. Albergaba la esperanza de que un día pudiese llegar a entender el daño que se hacía a sí mismo. Una recriminación que al igual que siempre, caería en saco roto, que al igual que siempre, se vería obligada a soportar, la total negatividad y rechazo por parte de aquel hijo que se le perdía.

Entre tragos se diluyo su adolescencia, para dar paso a un adulto solitario y esclavo de su mayor equivocación. Eran tragos, que si bien en un principio comenzó como un juego, como una apuesta entre sus compañeros, presumiendo de quien aguantaba más, o de quien la cogía más gorda. Ahora, eran obligados, de necesidad...Eran los tragos que necesitaba, para combatir la soledad en la que se veía inmerso. Aquellos en los que buscaba la fuerza y el valor para poder combatir su sentimiento de culpabilidad y sus miedos. Un enmascaramiento que había descubierto al principio de aquella alocada carrera, como una fórmula mágica que le ayudase a combatir su timidez y, a la que hoy se le sumaba una cada vez más acusada dependencia. Tragos de muerte, que de manera vaga le hacían "pensar" como lentamente se estaba quemando la vida.

En sus breves momentos de lucidez, añoraba el recuerdo de aquel tímido adolescente, lleno de salud y querido por todos los que le rodeaban. Lo hacía invadido por los sentimientos de culpa, odiando al adulto rechazado, solitario y abandonado, cargado de problemas, incertidumbres y remordimientos. Un adulto que en sus años de adolescente, había equivocado el camino. Un camino, en el que trago a trago, había aprendido a morir de la forma más inhumana.

Hoy, después de haber emigrado, huyendo de aquellos que le conocen, de aquellos que le insultan, de aquellos que no le comprenden, de los que le enseñaron a beber y hoy le critican; "subsiste" a duras penas, entre alguna que otra limosna, algún que otro trago rebuscado con sus temblorosas manos entre los desperdicios. Tragos que le ayuden a soportar, las repetidas y constantes vivencias de sus miedos y las dudas del despertar a un nuevo día; mientras, trata de conciliar el sueño, combatiendo la fría humedad que le apuñala, entre cartones que utiliza como saco de dormir.

Andrés Rubido García