sábado, 2 de enero de 2016

Un año más... ¡Queriéndonos!



Aquella fue nuestra primera noche vieja; aquella en la que cada cruce de mirada, recordaba las pocas horas que faltaban para unir nuestras vidas. Desde entonces, nunca he dejado de quererte, de mimarte, de sentirte cerca, incluso a pesar de la distancia. 

Anhelarte en esos días en los que la distancia, me impedía acariciarte, y decirte una y mil veces… tantas y tantas cosas, que en medio de aquellas noches estrelladas y de viscosa soledad, vagaban por mi mente entristecida. Fueron días, que como todo marino, hubo que dejar anclados en medio de ese inmenso mar, que era por así decirlo, la distancia… en la que después de mucho escudriñar el horizonte, donde el cielo parece besarse con el mar, terminabas dibujándote en mi mente.

Nunca pude acostumbrarme a tu ausencia, a la falta de tus caricias, de tus besos, de tus miradas, de tu  voz; al despertar de cada mañana junto a ti. 

Hoy a pesar del paso del tiempo… de las huellas con que el mismo nos va marcando, del color blanquecino de mi pelo, de  las arrugas físicas de mi piel… Mi envejecida memoria me recuerda, que tal día como hoy, un 2 de enero a la 10:45 de una soleada y fulgurante mañana, salíamos de aquel templo, en el que minutos antes nos habíamos jurado ante Dios… amor eterno. Sinceramente, creo que no necesitábamos poner a Dios por testigo, para llegar mucho más allá del camino recorrido. Entre otras cosas, porque siempre supe que serías para mí, como yo para ti; es decir, el compendio de toda una vida, que gracias a Dios continua, y deseamos que continúe por muchos años. ¡¡Te quiero Lola!!

Andrés Rubido García