Aquella
fue nuestra primera noche vieja; aquella en la que cada cruce de mirada,
recordaba las pocas horas que faltaban para unir nuestras vidas. Desde
entonces, nunca he dejado de quererte, de mimarte, de sentirte cerca, incluso a
pesar de la distancia.
Anhelarte
en esos días en los que la distancia, me impedía acariciarte, y decirte una y
mil veces… tantas y tantas cosas, que en medio de aquellas noches estrelladas y
de viscosa soledad, vagaban por mi mente entristecida. Fueron días, que como
todo marino, hubo que dejar anclados en medio de ese inmenso mar, que era por
así decirlo, la distancia… en la que después de mucho escudriñar el horizonte, donde
el cielo parece besarse con el mar, terminabas dibujándote en mi mente.
Nunca
pude acostumbrarme a tu ausencia, a la falta de tus caricias, de tus besos, de
tus miradas, de tu voz; al despertar de
cada mañana junto a ti.
Hoy
a pesar del paso del tiempo… de las huellas con que el mismo nos va marcando,
del color blanquecino de mi pelo, de las
arrugas físicas de mi piel… Mi envejecida memoria me recuerda, que tal día como
hoy, un 2 de enero a la 10:45 de una soleada y fulgurante mañana, salíamos de
aquel templo, en el que minutos antes nos habíamos jurado ante Dios… amor
eterno. Sinceramente, creo que no necesitábamos poner a Dios por testigo, para
llegar mucho más allá del camino recorrido. Entre otras cosas, porque siempre
supe que serías para mí, como yo para ti; es decir, el compendio de toda una
vida, que gracias a Dios continua, y deseamos que continúe por muchos años.
¡¡Te quiero Lola!!
Andrés Rubido García
